Arde la Amazonía: la humanidad frente a una encrucijada

Miércoles 4 de septiembre de 2019, por Prensa - Colectivo

Huelga decir que los pueblos originarios habitantes de la selva amazónica no llegaron a ocasionar incendios de la magnitud que estamos presenciando hoy y la explicación puede hacerse simple: este ecosistema ha acuñado su propia barrera de protección pues los árboles de mayor tamaño hacen de techo que atrapa la humedad, permitiendo el desarrollo del resto de la vegetación.

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Yo no sabía que el azul mañana es vago espectro del brumoso ayer.
Porfirio Barba Jacob.

En el año de 1980 llegó a mis manos un libro bastante interesante que narraba la forma cómo llevaban a cabo las prácticas agrícolas los pueblos originarios de la Amazonía. Grosso modo podría decirse que talaban aproximadamente media hectárea de bosque, empezando por derribar los árboles más grandes, lo cual provocaba la caída de los más pequeños en efecto dominó. Poco antes de iniciar la estación lluviosa quemaban las ramas y el material restante e iniciaban la actividad de la siembra, sin quitar las raíces, aun cuando se hiciera más difícil dicha actividad y un poco menos eficiente la producción pero, sabedores de que las raíces protegen el suelo de la erosión, no iban contra natura, se aliaban con ella; al cabo de un tiempo repetían lo descrito en otro terreno, permitiendo la recuperación de aquel que fue cultivado anteriormente. Aprendieron a vivir en la selva, ecosistema del cual deviene su cultura.

Huelga decir que los pueblos originarios habitantes de la selva amazónica no llegaron a ocasionar incendios de la magnitud que estamos presenciando hoy y la explicación puede hacerse simple: este ecosistema ha acuñado su propia barrera de protección pues los árboles de mayor tamaño hacen de techo que atrapa la humedad, permitiendo el desarrollo del resto de la vegetación. Tal concatenación posibilita entre otras cosas, que la transpiración de toda esa ingente comunidad verde, produzca su propia lluvia, incrementando así la cantidad de agua que a la postre la define como selva pluvial tropical.

Lo antedicho permite concluir que es poco probable que naturalmente arda la Amazonía debido a que se encuentra en su período de sequía (julio-diciembre), se incendia porque ha ido perdiendo, por acción humana, esa barrera protectora mencionada anteriormente. En otras palabras ha venido siendo deforestada, expresión que según la Real Academia Española -RAE- significa despojar un terreno de plantas forestales; baste un pequeño dato para confirmarlo: de julio del 2018 a julio del 2019 la deforestación aumentó en un 278%; ninguna otra especie diferente a la humana logra tan repugnante récord en tan poco tiempo.

Sin embargo, deforestar no es un antojo individual o momentáneo; es una actividad propia y previa a las directrices del capitalismo cada vez más voraz. Brasil, alineado en este esquema económico desde hace tiempo y hoy en día con mayor ímpetu, ha facilitado la expansión de terrenos para la agricultura y la ganadería convencional, sometiendo la selva, sus habitantes y la estabilidad ecosistémica de la región y del planeta a los intríngulis del mercado global. No es descabellado decir que en los estantes de los países importadores de productos brasileños se está ofertando, por ejemplo, Amazonía con sabor a carne… por ende Brasil está exportando Amazonía con regusto a pobreza, desigualdad, deterioro ambiental, a futuro incierto. No pueden eximirse de la situación planteada los otros ocho países que comparten esta feraz selva.

A medida que la ciencia ahonda en la comprensión del comportamiento planetario, da a conocer el milimétrico engranaje a través del cual se teje la vida. Es común escuchar preocupaciones sobre el declive de la biodiversidad, el peligro de la expansión de los desiertos, las implicaciones del incremento de los gases de efecto invernadero, los deterioros causados por la lluvia ácida, en fin, pero poco se ha hablado de la importancia de la estabilidad hídrica que propicia la selva amazónica, cuya afectación alcanzaría otras grandes cuencas como la del Magdalena; en este sentido, la Tierra está perdiendo no solo el consabido pulmón sino también el corazón, pues su pulso irriga las cuencas de nuestro continente.

La antropocéntrica administración que hace la humanidad del hábitat planetario, lleva a que éste emita, cada vez con más frecuencia, señales de deterioro; sin embargo se les desatiende con la idea obstinada de que con la tecnología se podrá mantener el confort conseguido a expensas del equilibrio inestable y dinámico, estructurado por la naturaleza en millones de años de evolución y coevolución. El sistema económico recientemente intenta poner valor en moneda a los productos del engranaje vital que engalana la Tierra; pero persiste aún la concepción de que la naturaleza es una despensa inagotable que satisface pasivamente las necesidades naturales o impuestas de la especie humana.

En los paisajes deteriorados, en la dolorosa condición de quienes se ven empujados a migrar, en las duras medidas gubernamentales para detener el descontento, las gentes de a pie están haciendo conciencia de que para sobrevivir, los pueblos tiene que ser superiores a sus gobiernos, que estos últimos generalmente adolecen de miopía administrativa justo porque, plegados al sistema económico que los ampara, han perdido de vista el engranaje de la vida y cuán importante es dicho engranaje para el devenir de la humanidad.

El aciago momento que vive el territorio amazónico pone a la humanidad frente a una decisiva encrucijada: se asume como comunidad humana, parte constitutiva del planeta Tierra o continúa como sumatoria de grupúsculos donde quienes dominan pierden de vista comportamientos como el respeto, la solidaridad, la compasión, y quienes son sojuzgados se protegen en comportamientos como la resignación y el engaño. Que la convicción de que la Amazonía es patrimonio de la vida no transmute en beneficio económico para una ínfima parte de la humanidad… Ya pasó con el Protocolo de Kioto; la contaminación se tasó en dinero cual mercancía, simulando un compromiso serio con la salud del planeta; no más socarronería solo la solidaridad cabe en la presente y futuras encrucijadas.

Lía Isabel, 27 de agosto de 2019.

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Afiliado a la Federación Internacional de Derechos Humanos
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José Alvear Restrepo

Nace en Medellín el 1 de julio de 1913 en el seno de una familia de profundas convicciones religiosas y bajo los parámetros de la ideología del partido conservador. Realiza sus estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, donde se gradúa de Abogado con una brillante tesis titulada: "Conflictos del trabajo: la huelga"

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