EN EL PARQUE NACIONAL
(Colombia) (Autor:Alfredo Molano Bravo- El Espectador)

Jueves 28 de septiembre de 2006, por Prensa - Colectivo

Esto se ordena o este país se acaba. Nosotros tenemos nuestra misión. ¡Háganle para arriba!”. “La Policía sabe en qué andamos y no les sirve para nada hacerse las víctimas, ustedes son puras gonorreas.

Esto se ordena o este país se acaba. Nosotros tenemos nuestra misión. ¡Háganle para arriba!”. “La Policía sabe en qué andamos y no les sirve para nada hacerse las víctimas, ustedes son puras gonorreas.

Como cosa rara, ahora que el clima ha cambiado tanto en Bogotá y que llueve y hace un frío de 9 de abril, esa tarde estaba calurosa. Las clases en la universidad se hacían más densas que nunca a las 2 de la tarde, los prados del Parque Nacional invitaban a echarse y dormir la siesta como iguanas. O fumarse un bareto.

Sin que alguno de los tres amigos lo propusiera explícitamente, se fueron acercando con pereza al reloj suizo que a veces marca la hora desde hace medio siglo. Y se echaron. El sol picaba. Algunas parejas de novios se entretenían en nada, un par de niños jugaban a las escondidas, un paletero hacía sonar las campanillas de su carro de helados.

El día era uno cualquiera. Los amigos prendieron el bareto. Querían gozarlo más que siempre pensando en la aburrida clase de lógica matemática que sus compañeros estarían sufriendo a esa hora. La risa medio boba que les produjo la hierba se les acabó cuando uno pilló que venían hacia ellos tres personajes malencarados: pelo a medio tusar, mochila al hombro y cadenas de oro al cuello. Se comunicaban por radioteléfono o por celular con un patrón que les daba órdenes ininteligibles pero drásticas.

Se acercaron con rapidez. Pidieron identificación a los muchachos que con los ojos medio adormilados y la cabeza empeñada en volar, no sabían a ciencia cierta de qué se trataba el asunto. “Muestren los papeles, o es que se van a hacer cascar”, dijo uno con voz recia de militar. Los muchachos sacaron sus cédulas, sintiéndose ya víctimas de una arbitrariedad o de un asalto, pero cercados por la mala conciencia. Habían alcanzado a desaparecer el cuerpo del delito de sus manos, pero no de su aliento. “Apúrense”, gritó uno de los personajes malencarados. Los pelados iban a un tiempo distinto. “Si ustedes no quieren decirnos quiénes son, nosotros sí vamos a decirles quiénes somos, dijo otro. Y el tercero remató: “Somos de las autodefensas de Bogotá, del Centro de Bogotá”.

Los estudiantes mostraron su identificación mientras uno de las autodefensas reportaba los números de las cédulas a una central. “Vayan soltando las chicharras, o es que quieren que les pelemos los fierros”. “No, señores, nosotros no estamos haciendo nada malo, ni tenemos chicharras ni nada de eso, andamos es capando clase y calentándonos”. “Nada -dijo el que parecía tener el mando-, aquí las explicaciones las damos nosotros. Vamos para arriba”.
La gente miraba entre curiosa y atemorizada porque los siniestros personajes hablaban a voz en cuello. Con prudencia, los transeúntes miraban por el rabo del ojo. Sabían que una de las cosas más peligrosas, y por la que la autoridad puede montarla de complicidad, es mirarla con franqueza o interesarse en lo que está haciendo. Protestar a nadie se le ocurre. Uno de los muchachos preguntó: “¿Qué estamos haciendo de malo?”. “Eso es lo que ustedes van a contarnos allá arriba, le gritó otro de los personajes, señalando con la boca la zona alta del parque. Un tercero añadió: “Vayan acostumbrándose a respetar la ley, vamos a limpiar la ciudad de tanta gonorrea como ustedes. Aquí no puede haber basuqueros ni terroristas ni hippies. Esto se ordena o este país se acaba. Nosotros tenemos nuestra misión. ¡Háganle para arriba!”. “La Policía sabe en qué andamos y no les sirve para nada hacerse las víctimas, ustedes son puras gonorreas. O quieren mirar lo que llevamos aquí”, dijo otro mostrando la mochila.

En silencio pasaron por el andén donde hay venta de jugos, salpicón y ensalada de frutas con queso y crema. Pasaron por debajo de un puente y al lado de una estatua de piedra. Llegaron al río Arzobispo, cerca de donde apareció muerto Jaime Gómez. Los estudiantes temblaban. Los personajes sudaban. “Saquen todo lo que llevan y pónganlo aquí”, dijo el jefe abriendo una mochila donde se veía claramente una subametralladora. Los muchachos obedecieron: se quitaron los relojes, alguno un radio, el poco dinero que tenían, los esferógrafos, las gafas, los cinturones, los tenis. Uno de los asaltantes gritó: ¡“Las chamarras también!” Y por fin agregó el jefe: “Ahora se desaparecen o lo hacemos nosotros. Salgan sin mirarnos. Aquel que está en el puente es un colaborador nuestro. Él los mira si voltean a mirarnos. ¡Desaparezcan gonorreas!”.

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José Alvear Restrepo

Nace en Medellín el 1 de julio de 1913 en el seno de una familia de profundas convicciones religiosas y bajo los parámetros de la ideología del partido conservador. Realiza sus estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, donde se gradúa de Abogado con una brillante tesis titulada: "Conflictos del trabajo: la huelga"

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