Reflexión argumentada desde la sabiduría popular

Estamos donde buena parte del pueblo colombiano había soñado… Creo que en realidad somos más de once millones personas pues deben ser sumadas aquellas que queriendo un país justo y en paz, dejaron que las dudas o el miedo arrinconara dicho sueño y optaron por no votar o por marcar la X en un recuadro diferente al de Petro y Francia.

Es cierto que para tomar decisiones el pasado debe traerse a la balanza, máxime cuando solemos mirar con recelo el cambio y la incertidumbre. La sabiduría popular señala que quien no arriesga un huevo no saca un gallo, en consecuencia, sacudir la estructura normalizada de injusticia es difícil; sin embargo, ya lo decía Heráclito hace 2.500 años lo único constante es el cambio. El cambio asusta porque el confort ha traído certidumbre y la posibilidad de su pérdida aterra… bajo esta condición la humanidad toma decisiones miopes, poco incluyentes y Colombia no es ajena a ello.

Por lo antedicho, es necesario poner atención y avanzar con toda la lucidez posible ante las tensiones más o menos fuertes que se producirán a futuro por la perspectiva de cambio que se votó el 19 de junio. Es necesario también hacer conciencia que población y gobierno deben ser coequiperos en el equitativo funcionamiento de la sociedad y el territorio.

Habrá que volver a la vida algunos de esos valores desdibujados en el presente, por ejemplo, la paciencia… Lo describió Felix María Samaniego (Siglo XVIII) a modo de fábula: Subió una mona a un nogal y cogiendo una nuez verde en su cáscara la muerde, lo que le supo muy mal, arrojola el animal y se quedó sin comer; así suele suceder a quien su empresa abandona, cuando haya como la mona, al principio que vencer. Muchas y duras resistencias habrá que vencer, por tanto será imprescindible hacer acopio de infinita paciencia para que cada escollo sea un acto pedagógico que ilumine el camino hacia el bien común.

Antaño por navidad era costumbre repetir por nueve días de novena el verso ¡Oh Divino Niño ven para enseñarnos la prudencia que hace verdaderos sabios! No es posible saber si caló tal virtud pero es clarísimo que será fundamental en las sendas que transitaremos hacia el cambio. Será necesaria la cautela, el discernimiento, el contener las reacciones viscerales para sopesar cuál palabra o cuál acción es  oportuna o cuál evidentemente no lo es.

En palabras de Don Juan (Carlos Castaneda), hay que ser como el guerrero disciplinado que está atento a cada centímetro de oportunidad que se presenta. Unas oportunidades se evidencian cuando la madurez de un proceso se ha logrado y otras se surgen cuando convergen en un mismo momento ideas o sucesos. En todo caso, cada persona “pactante”, desde la ejemplaridad actuante estará atenta para achicar miedos y resaltar bondades en el camino que se empieza a transitar.

El posicionamiento del cambio será arduo por la cerrazón que ha engendrado la mala prensa, los intereses particulares, el afán, léase necesidad, de impedir que se destapen los “tapaos”… pero la gota cala la piedra y finalmente con voluntades convencidas y aunadas porque la unión hace la fuerza, podrá irse desbrozando el camino hasta cuando la dignidad se haga costumbre.

Tardó tiempo e incontables vidas para que una concepción diferente de gobierno llegara a asumir las riendas, a poner la casa Colombia en orden y justicia para todos como declara el juramento a la bandera recitado otrora tantas veces desde el jardín de infancia. Con satisfacción puede decirse hoy a la memoria de quienes han dejado sus vidas en esta construcción de cambio, que se ha dado un paso importante; sin embargo, el camino es largo y culebrero, no será fácil, pero bien es sabido que quien va despacio va bien y va lejos. Sin duda habrá adversidades y también se sumaran logros; la tradición etíope enseña que cuando las arañas se juntan pueden atar a un león.

Por último y no menos importante para poder avanzar, es hacer una invocación a la empatía; ponerse en los zapatos del otro es una necesidad, una urgencia… su ausencia nos dejó un regusto amargo. Cada debate tanto presencial como digital semejaba un circo romano con sus bravíos gladiadores; lejos de aquella época en esta Colombia atónita todas y todos terminábamos con el cuerpo emocional maltrecho.

Para entrar en conversaciones al esperanzador Pacto Nacional podríamos repetir, como lo hacíamos en el juramento a la bandera, el empático poema de José Martí: Cultivo una rosa blanca en junio como en enero, para el amigo sincero que me da su mano franca; y para el cruel que me arranca el corazón con que vivo, cardo ni ortiga cultivo, cultivo una rosa blanca.

Lía Isabel Alvear

Lía Isabel Alvear Ramírez
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