“ La palabra nos viene húmeda de los bosques y un sol de fuego nos amanece entre las venas. Llegamos para quedarnos en el perfil definitivo de América” Nicolás Guillén.

A partir de la ley 725 de 2001, expedida con motivo de los 150 años de la abolición de la esclavitud, se viene celebrando el 21 como Día Nacional de la Afrocolombianidad y todo mayo como el mes de la herencia africana en Colombia.
A su vez en 2013, la Asamblea General de la ONU aprobó la resolución 68/237 que proclamó el período comprendido entre 2015 y 2024 como el Decenio Internacional de los Afrodescendientes, con el lema “Afrodescendientes, reconocimiento, justicia y desarrollo”.

Con estos antecedentes, y teniendo en cuenta que en Colombia existen 4. 311. 757 afros, (10.4% de la población aproximadamente, porcentaje que puede ascender considerablemente si se incluyen los mulatos), sería de esperar que tanto a nivel oficial como de la sociedad civil se hubieran destacado estas fechas y realizado acciones en beneficio de este importante sector poblacional.

Sin embargo, no fue así y apenas se presentaron algunos programas televisivos por Señal Colombia, se realizaron desfiles en varias ciudades y se hicieron actos culturales por parte de diversas organizaciones negras. Por supuesto eso es importante pero no suficiente porque tanto el grueso de la sociedad como los estamentos gubernamentales siguen desconociendo el racismo estructural que afecta al país y la necesidad de resolverlo mediante programas que superen la desigualdad y marginalidad de estas comunidades y de las regiones en las que habitan.

Podemos decir también con cierto sentido autocrítico, que las ong de derechos humanos tampoco dimos a este efeméride la importancia que se merece.
Justamente, esta nota obedece a la constatación de esta circunstancia y a la necesidad de mejorar nuestra actuación al respecto, no tanto en las palabras sino en los hechos.

Las expresiones del Secretario General de la ONU en el sentido de que «los afrodescendientes a menudo están atrapados en la pobreza en gran medida a causa de la intolerancia, y encima se utiliza la pobreza de pretexto para excluirlos todavía más» son perfectamente aplicables a Colombia, donde a nivel del alto gobierno brillan por su ausencia las personas de ascendencia africana y por el contrario, tanto su composición como las políticas implementadas responden a un elitismo racista y centralista.

En contraste, en nuestro país abril y mayo fueron meses negativos para esta etnia, al ocurrirel 9 de abril en la zona de Ciudad Bolívar, el asesinato de Edwuard Samir Murillo y Daniel Perlaza bailarines del grupo Son de Yembé, por sicarios que exclamaban “hay que acabar con estos negros”en el momento mismo en que ejecutaban el macabro acto. Este hecho forma parte de una serie de muertes violentas con motivación racista, que se vienen presentando en Bogotá y Soacha,
Por su parte, a comienzos de mayo las dirigentes de la Movilización de Mujeres Negras por el Cuidado de la Vida y los Territorios Ancestrales del departamento del Cauca que marcharon a Bogotá desde fines de 2014 tuvieron que retirarse de la mesa de negociación argumentando el incumplimiento reiterado y sistemático de los acuerdos firmados durante el mes de diciembre por parte del gobierno nacional.

Aún persiste el mal sabor que dejó el año anterior atrás la realización de la cumbre de la Asociación del Países del Pacífico, no en Buenaventura como debía ser y ni siquiera en Cali, sino en la turística ciudad caribe de Cartagena, mostrando así el menosprecio por parte del gobierno a la zona en la que está radicada la gran mayoría de la población afrocolombiana.

De paso sea dicho, la situación de las dos más importantes ciudades de la costa pacífica, Tumaco y Buenaventura continúan agravándose en un complejo nudo de violencia y pobreza. Lo referente a estos puertos merece capítulo aparte, pero por ahora recalquemos que en aquel poblado en que mirar su cielo alivia las penas, como nos dice su canción emblemática, ahora convertido en el sitio de mayor desplazamiento en el país, los intereses, entre otros, de las empresas mineras y de los operadores portuarios parecen estar imbricados con los grupos paramilitares que siembran el terror a extremos tan siniestros como las llamadas “casas de pique”.

Extraño modo de unirse a la celebración por parte de unas autoridades que hacen de la paz un discurso mientras dan un trato discriminatorio a los sectorespopulares y se olvidan que difícilmente la puede habersi el estado no es capaz de cuidar la vida, si no pone la vida de todos los seres por encima de los intereses trasnacionales, para utilizar los términos de las comunidades protagonistas de la protesta en el Cauca.

La realización plena de los derechos de estos compatriotas no debe ser mera consigna de un mes o una década, sino un objetivo y una realidad permanente en el país.

Sería esta la mejor manera de pagar la deuda histórica con los hijos de África que un día fueron arrancados de su continente ancestral y que en la hermosa tierra latinoamericana se convirtieron en parte esencial de nuestra identidad y del perfil definitivo de Colombia.

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