Crónica: “La última huella que dejó mi padre fueron sus caballos, atados a la base del batallón Tarqui”

Crónica: “La última huella que dejó mi padre fueron sus caballos, atados a la base del batallón Tarqui”

“(…) No entendemos las razones por las cuales las fuerzas militares, constituidas para salvaguardar la vida, la honra y los bienes de los colombianos, se han convertido, en muchos momentos, en tropas hacedoras de dolores (…),” hijo de don Zoilo de Jesús Rojas Ortiz.

Bogotá, 3 de enero de 2023. Con la mirada perdida en el recuerdo de aquella niña angustiada de 13 años que fue aquel día profusamente soleado de diciembre de 1981, Gracia* sostiene que, si el que hoy el Estado le pida perdón por lo que debieron vivir ella y su familia conduce a una Colombia en paz, tal vez, solo tal vez, eso llenaría en algo su enorme vacío. Lo dice de corazón y vehementemente. La lección que muchas veces han dado las víctimas a un país que decide por la continuidad de la guerra.

Esto, sin dejar de lado el deseo propio y de su familia de encontrar a su padre, de saber dónde está y poder darle sepultura. Saber la verdad. “A mí me dejó un vacío, una herida que no cierra, que por mucho que usted quiera cerrar no puede. No sé si el día en que yo sepa dónde murió, dónde lo dejaron, eso de pronto me sane”

Aunque han pasado más de 40 años, recuerda vívidamente que aquel día en San José del Fragua, en Caquetá, fue especialmente soleado y caluroso, porque, aunque no lo vio, testigos de los hechos les contaron que a su padre lo detuvieron militares del batallón Tarqui en la base que tenían en el pueblo y lo sometieron a permanecer sentado en una piedra bajo el sol todo aquel día, sin agua, sin nada.

Lo habrían detenido por manifestar su molestia de que le retuvieran nuevamente la sal para el ganado, que había podido comprar con la venta de sus productos agrícolas, porque los militares de ese batallón por aquellos días, con lista en mano, decidían qué y cuánto podían ingresar los campesinos a sus fincas y al que le diera por quejarse, mínimamente, lo detenían.

“Eran demasiados los abusos. Usted pasar con la comidita y tener que abrirle el morral y mostrarle lo que llevaba o vaciar su comida. Ellos le daban a uno la lista de lo que uno podía comer, no era lo que usted quería, eso es duro. Lo que más duele es que eso lo hicieran los que supuestamente debían defendernos”.

Algunos de los hijos de don Zoilo de Jesús Rojas Ortiz consideran que aquello era una estrategia para disminuir a la guerrilla y ellos eran para las Fuerzas Militares un daño colateral de su estrategia contra-insurgente, en un país donde los campesinos han sido sospechosos y víctimas de todos los frentes del conflicto y de la violencia sociopolítica.

Al parecer, aquellos militares tenían poder, armas y órdenes superiores que les permitían atropellar los derechos fundamentales de las y los habitantes del municipio y de las veredas. Don Zoilo, cuentan, no habría sido el único campesino sometido en aquella piedra o un árbol de caucho, que eran los espacios comunes de la base, en los que los militares les hacían permanecer cuando les detenían.

Uno de los testigos del caso, que hoy tiene 80 años, cuenta que vio a don Zoilo de Jesús cuando pasaba por la vía aledaña a la base: “ese día iba para una finca a vender un ganado. Yo lo miré ahí que lo tenían detenido. Cuando eso desapareció un poco de gente. Daba miedo, pero, quisiera o no quisiera, tocaba pasar por ahí”

Los hermanos Rojas Valderrama recuerdan ver en la mañana de aquel día a su padre salir de la finca hacia el pueblo con dos caballos, uno que lo transportaba a él y otro en el que montó una carga de frijol recién desgranado. Se fue, dicen, con el firme propósito de venderlos para comprar sal para las reses.

“Él bajó angustiado, porque el ganado le estaba rompiendo mucho los cercos; se pasaban desesperados de un lado a otro, porque querían sal y hacía mucho no se les podía dar, porque el Ejército no la dejaba pasar a la finca. Se fue cerrado de que la sal la pasaba. Mi mamá le dijo, pero mijo, usted sabe que esa gente no la va a dejar pasar y él le dijo, pues yo la voy a traer. Estaba aburrido de esos abusos terribles de los militares.”

Aquel día, doña María Ligia Valderrama, esposa de don Zoilo desde los 18 años y en ese momento madre de 8 hijos, el menor de ellos de 4 años y el primogénito con la mayoría de edad recientemente cumplida, se había levantado, como todos los días, mucho antes de que amaneciera para ordeñar las vacas, moler maíz para las arepas del desayuno de sus hijos, de los empleados de la  finca y de aquellas personas “sin techo” que eran acogidas en la casa para brindarles ayuda; despachar para el colegio a los y las muchachas; revisar su huerta; terminar los pedidos de sus clientes de costura; bajar a la quebrada para lavar un rato la ropa a mano; volver a la cocina para montar el almuerzo y tal vez, sacar tiempo para enseñar a sus hijos a tejer y algunos quehaceres del campo.

El reloj de doña María Ligia en aquel entonces era el sol y dicen sus hijos que ella y su padre eran un equipo perfecto. Por eso, en horas de la tarde, cuando sintió que él no volvía, supo que algo había pasado. Angustiada, pidió a sus hijos que ensillaran dos caballos y arrancó para el pueblo con uno de los muchachos a buscar a su esposo. Llegó a la base militar y le dijeron que ahí lo tenían, que en la tarde lo soltaban. Volvió al otro día en la mañana, porque don Zoilo nunca llegó, pero le dijeron que lo habían liberado en la noche. Cuando ya se iba, vio que ahí estaban las “bestias”, una vacía y la otra con la carga de sal para el ganado. Corrió a la iglesia del pueblo para pedir ayuda al padre Jaime y volvió con él a la base, pero tampoco obtuvieron respuestas. Les entregaron los animales, pero, hasta la fecha, don Zoilo de Jesús continúa desaparecido.

“La noche de ese mismo día que desaparecieron a mi papá nos dieron una balacera en la casa. Se oía cómo silbaban esas balas cuando pasaban. Mi mamá, qué peca’ito mi vieja, fue y sacó a los muchachos de las piezas, nos metió a todos en la habitación del medio y debajo de las camas para protegernos. Ahí pasamos la noche orando y rezando el rosario. Pensábamos, mataron a mi papá y ahora nos van a matar a todos nosotros. Al otro día, era tanto el susto, que nos llegó las 7:00 de la mañana y no se abrían las puertas de la casa. Al fin, mi mamá abrió. Desde ese día hubo una especie de desintegración de la familia. Nos tocó madurar muy ligero y hasta ahí llegó el cariño de mi papá, su cuidado, su bendición, sus abrazos. Lo que uno pide es que esto nunca más se repita, porque es muy duro. Mi mamá fue una gran mujer y madre, pero siempre nos hacía falta él, que era con el que más jugábamos, y muchos todavía estábamos muy pequeños,” narran.

Al salir de la casa esa mañana, doña María Ligia rápidamente ordeñó las vacas y puso a todos sus hijos e hijas a empacar. A los hombres mayores los hizo pasar el río por detrás de la finca para que no fueran vistos por los militares, pues se sabía que eran la población de mayor riesgo en ese momento. Ella salió de frente, por la base, con las hijas y los niños menores. Llegó a la casa de sus padres, en el pueblo, donde permanecieron un tiempo. Apenas pudo, envió al mayor de sus hijos a la capital del país y poco a poco todos se fueron trasladando hacia el Huila.

“Era muy duro ver a mi mamá así. Un día nos reunimos y sabíamos que había que seguir para adelante. Yo decidí quedarme solo y retornar a la finca, porque era uno de los mayorcitos. Tenía unos 15 años. Los demás se fueron para Pitalito. Ahí nos ayudábamos entre todos y yo cada 20 días armaba una remesita para llevarle a mi mamá y a mis hermanos al Huila, con yuca, papa, cerdo y gallinas. Era mi responsabilidad e iba o iba. Muchas veces los militares me corretearon por el pueblo y me amenazaron de muerte. Había uno que decía que estaba esperando al chino de Zoilo, porque hasta ese día tenía que vivir”, cuenta uno de los hijos del medio, quien también lamenta que por lo ocurrido con su padre tuvo que dejar a un lado el sueño de estudiar.

El sueño que se nos quedó sin vivir

Zoilo de Jesús Rojas Ortiz era hijo de Zinforoso Rojas y Domitila Ortiz, también campesinos, dedicados a la tierra y de los primeros habitantes del entonces naciente San José del Fragua. Dicen que fue tal vez el más consentido de su madre, pese a lo inquieto que era.

De esa crianza con sus padres, en medio de la siembra de maíz, plátano y yuca, así como de la venta de queso y de pan de queso, se forjó el carácter de don Zoilo como el campesino próspero y trabajador que fue, junto a su esposa doña María Ligia, a quien conoció porque sus padres eran vecinos y con quien conformó un equipo perfecto, que trabajaba duro por el sueño de brindar a sus hijos una mejor calidad de vida.

Al principio, vivían con sus 8 hijos en una casa de madera, pero con esfuerzo e ilusión lograron terminar en noviembre de 1981 la construcción de un sueño: una casa de concreto que disfrutarían en familia. La inauguración sería en las fiestas decembrinas; sin embargo, eso nunca pudo ser. La familia jamás pudo disfrutar junta de aquel hogar y hoy, más de 40 años después, ese sueño está en ruinas. Doña María Ligia nunca se volvió a casar y emprendió una lucha por la justicia y la verdad en memoria del amor de su vida y hasta el último respiro mantuvo la esperanza de volver a ver a don Zoilo de Jesús. Hace casi una década, a los 69 años de edad, murió.

“Ese diciembre fue de soledad, de dolor. Ellos se amaban. Sé que ella sufrió mucho por lo de mi papá. Se acostaba y era llorando, se levantaba y era llorando y eso a nosotros nos marcó. Sin embargo, ella era una mujer muy fuerte, admirable. Cuando mi papá construyó la casa nosotros estábamos muy felices, porque hizo habitaciones para las mujeres, una para los hombres mayores, otra para los menores, una para ellos y en un espacio se pusieron camarotes para las personas que se acogían en la casa. Da tristeza verla hoy en ruinas, porque es como ver el sueño de mi papá acabado,” dice uno de los hijos.

La incesante búsqueda

En su incansable búsqueda de justicia y verdad, la familia de don Zoilo de Jesús inició un proceso legal de declaración de muerte presunta el 12 de noviembre de 1986. Posteriormente, su esposa, en espera de respuestas, presentó un derecho de petición a la Fiscalía seccional de Belén de los Andaquíes el 6 de agosto de 2007; no obstante, el 18 de septiembre de ese mismo año recibió una respuesta desalentadora, nunca se había iniciado una investigación formal frente al caso. Además, la investigación iniciada a partir de ese momento se detuvo en octubre de 2008 alegando falta de elementos jurídicos suficientes. Los familiares nunca fueron contactados por las autoridades en este proceso y hasta hoy, la desaparición de don Zoilo sigue en total impunidad.

“…Desde aquel entonces mi familia no ha hecho más que implorar a Dios clemencia y exigir al muy mal llamado glorioso Ejército Nacional una respuesta sobre su actuación maquiavélica de aquel momento en este municipio, donde no hubo ninguna acción que propendiera por salvar la vida de mi padre (…) No entendemos las razones por las cuales las fuerzas militares, constituidas para salvaguardar la vida, la honra y los bienes de los colombianos se han convertido, en muchos momentos, en tropas hacedoras de dolores… No dejaremos de luchar hasta encontrar el cuerpo de mi padre”, señaló uno de los hijos de don Zoilo en el Acto de Reconocimiento de Responsabilidad Internacional del Estado colombiano por las violaciones a los derechos humanos cometidas en perjuicio de su padre y de la familia Rojas Valderrama.

Exigió también a la Fiscalía General de la Nación y a la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas que sumen todos sus esfuerzos en la búsqueda de su padre para que nadie más de la familia muera, como sucedió con su madre y su hermano menor, sin haberlo encontrado.

Los hijos e hijas de don Zoilo de Jesús manifestaron aceptar el ofrecimiento de perdón por parte del Estado colombiano con un sentimiento de honra a la memoria del señor Zoilo de Jesús, pero también como una oportunidad de transformación para Colombia, en un acto de la bondad y el compromiso social que les heredaron sus padres.

El acto se realizó en cumplimiento de las cláusulas contempladas en el Acuerdo de Solución Amistosa del Caso 13.973 Zoilo de Jesús Rojas Ortiz y Familia, el cual fue ratificado por el Colectivo de Abogados y Abogadas José Alvear Restrepo (Cajar) y la Agencia Nacional de Defensa Jurídica del Estado (ANDJE) el 18 de mayo de 2023, en el marco de una reunión de trabajo con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en Bogotá, Colombia.

Leer comunicado completo sobre Acto de Reconocimiento de Responsabilidad Internacional del Estado colombiano aquí

*Algunos nombres fueron modificados.

 

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