Foto: Uniminuto radio

 

A propósito de la violencia que se ejerce diariamente contra personas con identidades de género y orientaciones sexuales no normativas, hemos decidido publicar con su consentimiento, esta carta de nuestro compañero David Castillo, abogado del equipo de derechos colectivos del Colectivo de Abogados “José Alvear Restrepo” Cajar, quien sufrió un acto de homofobia en nuestra casa.  

Su carta, motivó una reflexión institucional acerca de lo normalizadas que están este tipo de violencias y la falta de discusiones sobre su prevención en ámbitos laborales, incluso en espacios de organizaciones sociales y de derechos humanos que trabajamos contra la discriminación y la violencia política. Rechazamos este acto de violencia con nuestro compañero y compartimos desde la autocrítica que no son suficientes las expresiones de solidaridad posteriores, si como seres humanos no somos capaces de reaccionar contra las violencias cuando se están cometiendo. 

Como organización hemos renovado nuestro compromiso de “cero tolerancia” contra violencias basadas en género, estamos trabajando en la construcción colectiva de un Protocolo de Respuesta frente a violencia sexual y violencias basadas en género, y queremos que nuestra organización siga siendo un espacio seguro para todos, todas y todes.   

 

La homofobia de los días

 “Amor yo nunca del dolor he sido partidario”

Juan Gabriel

Como es de conocimiento de algunos y algunas de ustedes, en el marco de la actividad institucional del pasado jueves 26 de mayo, fui víctima de una agresión verbal homofóbica.

Quizá no fue claro el episodio y por tal razón considero fundamental rebobinar ese momento. Ya había un ambiente de comentarios machistas previos por parte de los cantantes invitados respecto de los cuales ninguno de nosotros se había manifestado públicamente. Tal vez porque mientras no se agrediera a ninguna compañera de manera directa -aunque podríamos pensar que a todas se estaba agrediendo igualmente- ninguno había manifestado nada.

Hacia el final de la presentación uno de los cantantes en el Salón José Alvear preguntó “¿Quiénes son hombres aquí?” -una pregunta de por sí ya conflictiva ¿qué es ser hombre? ¿qué es ser mujer? No se nace hombre o mujer, se nos hace “hombres” o “mujeres”, esquema binario al servicio del capital. No se nace mujer, se llega a serlo, decía Simone de Beauvoir para abrir una discusión en torno a que ser mujer no es una cuestión de determinismo biológico, sino que más bien responde a una construcción social y cultural. Lo anterior también aplica para la construcción cultural del hombre y, por ende, de la masculinidad.

A esta pregunta, varios compañeros levantaron su mano y para ser sincero yo ya me sentía incómodo porque no encajo en esa estructura del hombre a que se refería ese cantante. La del constructo del hombre heterosexual, el macho. Seguido de eso, preguntó él “¿Quién se identifica con Juan Gabriel?” a lo que yo levanto mi mano efusivamente y la respuesta fue discriminatoria: “ah, con la loca, con eso si se identifica…” y luego las risas. Palabras de ese corte fue usó ese señor.

En ese momento me incomodé más, pero por no perder la disposición frente al espacio seguí cantando, porque en efecto amo y me identifico con Juan Gabriel. Pero la agresión ya individualizada hacia mí continuó a través de comentarios del mismo corte durante la canción. Fue tanta la insistencia en señalar a Juan Gabriel como “la loca” y buscar aprobación del público a través de este calificativo que en un momento me sentí como un ser pequeño…nadie decía nada y yo estaba ahí, casi en el centro de todos y todas, con mi incomodidad y mi silencio. De Juan Gabriel no importaban sus canciones, ni su voz, no importaba su calidad como músico latinoamericano, antes que todo eso era la “loca”.

  Esa idea del “marica”, “el maricón” o “la loca” que “es buen cantante pero es una loca”, esa forma linguística que antepone una cualidad aprobada positivamente a una situación social que es objeto de rechazo la expresó muy bien el escritor y poeta chileno Pedro Lemebel:

 La gente guarda las distancias

La gente comprende y dice:

Es marica pero escribe bien

Es marica pero es buen amigo

Súper-buena-onda

Yo no soy buena onda

Yo acepto al mundo

Sin pedirle esa buena onda

Pero igual se ríen

Tengo cicatrices de risas en la espalda

 

Yo también me sentí así con la expresión del cantante, su manera de mofarse de mi y el silencio de los demás: “es buen abogado, pero es marica”. Únicamente mi amigo César se manifestó de manera impetuosa contra la agresión verbal en ese momento. En el resto de compañeros y compañeras solo hubo mutismo. De repente, era como si de estar acompañado de personas maravillosas hubiese pasado a quedar solitario y aturdido en un lapso de tres minutos, como si se hubieran apartado de mí por vergüenza. Yo en todo caso me aceptaba en ese momento y me acepto como homosexual, nada me averguenza de ello. Ese no fue el problema y la tristeza fundamental, fue el silencio y la incomodidad como regla social del espacio, no la inconformidad y la solidaridad.

 

  Es duro morderse estas burlas en los espacios de carácter laboral, el cuerpo no tiene claro hacia donde debe andar, solo mastica la rabia y la vergüenza hacia adentro, trata de reaccionar frente al shock de ser humillado públicamente pero le cuesta, ya lo decía Lemebel:

  Mi hombría fue morderme las burlas

Comer rabia para no matar a todo el mundo

Mi hombría es aceptarme diferente

Ser cobarde es mucho más duro

 

Luego de esto varias personas me escribieron y se acercaron a pedirme disculpas, recuerdo que yo no tenía una reacción ¿debía estar preparado para ser humillado públicamente? ¿debía tener una respuesta eficaz para el momento en que se me denigrara en público frente a las personas con las que trabajo por ser homosexual? Las excusas, contrario al gesto público de humillación, se desplazaron al espacio de lo privado.

  Es insuficiente que reflexionemos sobre los comportamientos de abuso, acoso, machismo y homofobia si estamos y continuamos año a año desprovistos de herramientas para enfrentar los mismos en los espacios de la familia, el trabajo, el transporte público, la academia, las comunidades y todo tipo de espacios sean de carácter privado o público. 

No hablo de aquellos comportamientos que pueden ser denunciados y procesados eventualmente por la justicia penal -aunque en Colombia los que tienen que ver con violencia de género y personas lgtbi quedan en al menos el 95% de los casos en la impunidad-. Tampoco hablo de la burla contra el poder hegemónico de las mafias del narcopoder que nos gobierna, ni de la mofa contra las estructuras de un sistema económico que empobrece y llena de indignidad a quienes no cohonestamos con él. Estas burlas son incluso un imperativo ético. Me manifiesto en cambio frente a las burlas que acontecen en la vida diaria, de esa sutileza para usar la broma y el chiste como herramienta para insultar y agredir al otro.

 

  Este caso que nos convoca, trata precisamente de las burlas que funcionan como mecanismo del poder hegemónico para mantener la exclusión de las mujeres, los homosexuales y todos aquellos que tenemos cuerpos que se consideran como desprovistos de poder por la sociedad patriarcal. Esta estructura de la burla funciona porque un público la legítima -ya sea a través de la reafirmación de la misma mofa o del silencio- y no se manifiesta igualmente, en público, el rechazo hacia ella. Y no basta con señalar frente a este tipo de agresiones verbales “qué señor tan homofóbico” o “el tipo es un abusador” ¿cuál tendría que ser la consecuencia -obviamente diferenciada- qué deben vivir estas personas que usan la burla como una forma de reafirmar la discriminación que ya sufrimos? ¿Cómo enfrentamos colectiva e individualmente estos comportamientos?

  Una de las reflexiones necesarias a rescatar es hecha por la antropóloga Rita Segato que reflexiona como el mandato de masculinidad recae sobre los varones y nos hace sus primeras víctimas. Para Segato, el mandato de masculinidad destruye, deteriora la humanidad, obliga a hacer un espectáculo de la masculinidad ante otros hombres, todo por una carrera enloquecida de prestigio de la masculinidad, porque la masculinidad tiene prestigio. Pero ese prestigio es mortal.

  Esa es la carrera frente a la cual nos enfrentan otros hombres a personas como yo que no se identifican con el mandato de la masculinidad, son momentos como el vivido en el  Salón José Alvear los que las personas que no nos ajustamos a las normas de género vivimos continuamente: episodios de discriminación y soledad por apartarnos ante el espectáculo y la gala de la másculinidad. En mi caso, cuando esto sucedió sobrevino el desgaste corporal, el miedo, el cuerpo sintiendo las infamias de esta gente que es ignorante o quizá decide serlo. Un cansancio de vivir así. Un sentirme atribulado.

  La palabra atribulado suele usarse para señalar una situación en que una persona se siente completamente machacada, y su origen proviene de la palabra tribulación que designa una pena, una congoja o un tormento que alguien sufre y que como su nombre lo indica lo tiene triturado, molido o machacado. Viene del latín tribulatio que es la acción que se hace con el tribulum. El tribulum antiguamente era una especie de tablón de madera con hojas de pedernal -más tarde hierro o acero-, incrustadas que se arrastraban por el campo para romper los tallos de las espigas y separar estas de la paja.

  Para esta situación podemos pensar en el tribulum -sea que sus hojas fueran de pedernal o de acero- como la burla y el silencio al que nos someten a las personas lgtbi como si fuéramos espigas de trigo para ser machacadas. Así me sentí yo, machacado frente a una multitud de ojos que no se solidarizaba públicamente conmigo. Pocas veces otros se solidarizan con el cuerpo frente a estas agresiones porque no las perciben suyas, y solidarizarse con el cuerpo también es enfrentar al otro, a quien agrede.

  Hago énfasis en el carácter de la humillación como algo público y el de la disculpa como algo privado pues esta dinámica no resarce ni cuestiona la estructura social. El silencio frente a las humillaciones públicas y su rechazo en el ámbito privado de la vida -donde solo unos pocos interlocutores escuchan y si acaso se cuestionan- también legitima estos espacios de burla que un marco más grande que el Cajar implican la ambientación de violencias de género y por prejuicio sobre nuestros cuerpos disidentes.

  No ha habido momento de mi existencia en que esta cuestión haya cesado, en cada campaña presidencial y debate ético aparecemos los homosexuales, las lesbianas, las personas trans y las racializadas como un objeto de discusión, como los bichos raros que se fetichizan y se discriminan con el propósito de perpetuar gobiernos regresivos y de derecha. Hay lugares en Colombia donde es más grave ser homosexual que paramilitar. Por eso en la práctica aunque se nace homosexual, enfrentar y descubrirse ante una sociedad como la colombiana termina siendo un acto profundamente político que desafía la estructura del mandato de la masculinidad, el patronazgo o la jefatura frente a una familia. Es la rebelión contra el mandato de asimilar al otro, al diferente como alguien abofeteable, tal como lo hace uno de los candidatos presidenciales que hoy tiene posibilidades de tomar las riendas de Colombia durante los próximos 4 años o incluso como alguien “asesinable” o “desaparecible” como ha pasado con cientos de personas LGBTI en el marco del conflicto.

 

¿Pero cómo se enfrenta entonces la homofobia, el machismo y la misoginia en la vida diaria de manera individual y colectiva? No tengo certezas definitivas sobre ello. Me pregunto a menudo si probablemente también me he callado en ocasiones frente a comportamientos machistas de otros y posiblemente sí, quizá le he fallado a las mujeres que me rodean. Estoy pensando con mi cuerpo cómo enfrentar esto. Si hay algo que tengo por cierto es que no estoy dispuesto a tolerar o quedarme callado. Si un día me matarán o agarraran a golpes por ser homosexual resistiría hasta el final porque lo último a lo que estoy dispuesto es a aceptar la indignidad.

 

 Aquí está mi cara

Hablo por mi diferencia

Defiendo lo que soy

Y no soy tan raro

Me apesta la injusticia

Y sospecho de esta cueca democrática

Pero no me hable del proletariado

Porque ser pobre y maricón es peor

Hay que ser ácido para soportarlo

 

Estas situaciones “personales”, que algunos podrían considerar como “una bobada” o como situaciones que no tendrían porqué ser públicas, requieren ser contadas, pues más que una queja como defensores de derechos humanos tenemos la tarea de pensar juntos y juntas cómo enfrentar las violencias de género. Esta labor no es solo mía por ser homosexual o de mis compañeras por ser mujeres. Esta tarea de desvelar situaciones del orden de lo político como el machismo, la homofobia, el abuso y el acoso en la vida diaria nos compete e involucra a todos. Independientemente del cuerpo que tengan, de su identidad de género, sexo biológico, expresión de género u orientación sexual, con las responsabilidades diferenciadas que nos corresponden pero con toda la digna rabia.

 

A usted le doy este mensaje

Y no es por mí

Yo estoy viejo

Y su utopía es para las generaciones futuras

Hay tantos niños que van a nacer

Con una alita rota

Y yo quiero que vuelen compañero

Que su revolución

Les dé un pedazo de cielo rojo

Para que puedan volar.

 

 

Con aprecio y profundo respeto, 

Héctor David Castillo Leguizamón.

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