Jugaba Monopolio hace unos días con una chiquilla de ocho años y ella acomodaba cada movida suya hacia el placer de “ganar” y cada movida mía hacia el horror de “perder”; pronto comprendí que la niña desconocía las reglas de dicho juego y que a medida que los dados danzaban repartía indicaciones a su favor. La convidé a leer las Instrucciones y no le hizo gracia porque “leer todo eso “nos quita tiempo”. Me negué a seguir jugando pues pensé que a esa edad es importante aprender a inscribirse en determinadas pautas que permitan la emoción del azar, dentro de los linderos de la justicia.

Es imprescindible para el funcionamiento de cualquier grupo edificar adecuadas pautas de convivencia; ejemplo de ello puede verse en las distintas especies animales, las castas en los insectos sociales, la dominancia reproductiva de los mejores especímenes en poblaciones como palomas, gacelas, leones… en todos los cuales se ven diferentes rituales para “poner en orden” los comportamientos de los individuos integrantes de tal o cual grupo.

En el reino animal se utilizan gestos y actitudes intimidatorias para dominar o gestos y actitudes de sumisión para evitar la confrontación, no en vano el adagio popular: con la cola entre las patas, para denotar derrota. Los seres humanos, como animales, también los tenemos, pero no nos son imprescindibles pues la cultura nos ha dotado de otro mecanismo cual es la norma; antaño encadenada a la oralidad e impuesta por la autoridad de la época, hogaño escrita y teóricamente consensuada…

Desde el ojo por ojo: castigo físico, hasta las cárceles: castigo a la libertad, se ha desplegado una gran variedad de mecanismos para aconductar a la comunidad: el cepo, el látigo y hasta el reglazo en la escuela. Sin embargo, en no pocas ocasiones tales mecanismos fueron utilizados para acallar, para vengar, para dominar… pero como siempre, y para fortuna de la comunidad humana, han existido personas defensoras de la justicia, así que escribir las pautas se constituyó en un gran logro dada su condición de protección; tan importante estructura se ha denominado Derecho.

A pesar de lo antedicho y en la medida que el sistema económico va apalancando el individualismo en detrimento de la empatía, pululan las normas dispuestas para atajar conductas antisociales y, lastimosamente, para privilegiar intereses de los grupos o casas de poder. Puestas las cosas así, el desmadre es tal que hasta las decisiones emanadas de los entes que las aplican, se contradicen; baste conocer lo dicho por la Corte Suprema de Justicia versus lo dicho por la Fiscalía en el caso Cepeda-Uribe.

Esta amalgama de normas ha propiciado a quienes detentan el poder, un camino expedito hacia la forma descarada de evitar que tambaleen sus usurpados privilegios cual es la judicialización. Es pertinente en este punto traer a cuento la expresión del primer párrafo: nos quita tiempo

Dirimir un conflicto en franca lid requiere un poco de tiempo para aguzar la escucha y esgrimir argumentaciones con miras a razonar con sensatez y serenidad. En tanto por la vía judicial, se invierte muuucho tiempo en trámites, alegatos, demandas y contrademandas; nos quita el tiempo que ganan quienes buscan seguir anclados en el poder, ¡eh ahí el punto clave de la perversidad!

Entonces, de un lado, mientas la tramitología sigue su curso, el interés que circula bajo el conflicto continúa avanzando; así se han logrado obras (Hidroituango) o silencios (Odebrecht).

De otro lado, y como hacen las personas que practican la prestidigitación o ilusionismo, fijan la atención del corriente criterio en un determinado proceso judicial, mientras están tejiendo, a ojos vistas, un cúmulo de marrullas para conservar privilegios y poder. En otras palabras, se dirige la atención de la comunidad hacia un foco, en tanto se realizan acciones tramposas que pasan desapercibidas; por tanto, lo que aparece como realidad es confuso y por ende las opiniones o decisiones que se gesten allí serán endebles.

Hace carrera hoy en Colombia este modus operandi… Cuántas vidas ha costado, cuánta sangre derramada, cuántos lloros infantiles, cuánta adolescencia desgarrada, cuánta desazón a pesar de los frutos del cerebro humano como la cultura y la ciencia, cuánta amargura que impide disfrutar de los innumerables paisajes del planeta Tierra con su colorida biodiversidad. No hay derecho que la colombianidad tenga que cuantificar tanta desolación orquesta por pocos y rapaces congéneres.

En consecuencia, ¿será que se debe pensar en formas de sancionar a quienes nos roban tiempo, bien para lograr sus intereses o bien para hacer ilusionismo mientras nos entrampan?

Lía Isabel Alvear
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