Eduardo Umaña Mendoza: 14 años de ausencia

Jueves 19 de abril de 2012, por Fernando Garavito

Escribo un sueño. Hoy es sábado o un día cualquiera a las dos de la tarde o a las cinco de la mañana. Estamos aquí o no estamos y hablamos de nuestros sucesos de todos los días, o callamos, o reímos con la risa rota que se acostumbra para no llorar, o bailamos tregua, como cronopios, o bailamos catala. La muerte se mira en el espejo de la vida y sonríe con todas sus muelas ante nuestros afanes, nuestras dudas, nuestras argucias, nuestras hipocresías. Hay un libro abierto en cualquier página. Alguien se asoma y lee, sin voz, una historia escrita en puntos suspensivos. Sin saber cómo entiendo que hemos llegado al texto absoluto, aquel que no tiene comienzo y que jamás termina. Aquí está escrita la palabra verdad. Está escrita la palabra amor. Y la palabra ser. Y la solitaria palabra soledad.

Defensores de derechos humanos | Bogotá D. C. |

De pronto, por el vórtice de la sala entra la guerra. Ahora todo está lleno de muerte y humo. Ya nadie toca los viejos aires marciales porque nuestra hecatombe se hace a traición. Hay que emboscarse, hay que huir, hay que disparar por la espalda, a mansalva y sobre seguro. Hasta que, de pronto, en medio del fragor del combate, surge la sombra. Como es un sueño, esta sombra está llena de luz y su nombre es Camilo.

Descubro entonces que sueño el sueño de alguien. Inquieto, trato de precisar quién puede ser ese ser soñado por mí que sueña. Y ahí está él, el maestro, a quien todo es debido. Han pasado cuarenta años. Su cabeza sigue siendo la erguida cabeza de toda la vida, imbatible, invencible, poderosa, llena de ideas y de generosidad y de fuerza y de propósitos iluminados. El tiempo ha puesto en ese cuerpo algunas dudas, tal vez algunas vacilaciones. Pero el espíritu, y lo que importa aquí es el espíritu, sigue intacto. Las manos, que se engarfian como un símbolo protector ante el hecho de haberlo dado todo, de haber entregado su vida a los demás con generosidad absoluta, permanecen abiertas. Y los ojos. Ya sabemos: los ojos leen sus viejas páginas de eterno estudiante trastocando una letra, cambiando una palabra. Pero esos ojos hechos de pulcritud y transparencia siguen fijos en el país que hubiera podido ser y que tendrá que ser cuando aprendamos su lección de vida. Y están también los pasos. Los pasos se han hecho leves, silenciosos. De acuerdo con el enigma de la esfinge, ahora camina sobre tres pies, de manera que su huella no puede ser la misma que seguimos en la época de su vigorosa juventud. Ahora es más profunda.

Ese ser soñado que sueño que sueña a Camilo Torres hizo su vida en función de la justicia, de la verdad, de la honestidad, también de la entrega y de la poesía. La poderosa luz que emana de sus ideas, de lo que hubiera podido ser este país si hubiera sido otro país, más hueso y nervio que músculo y maquillaje, me indica que todavía es posible hablar y pensar y marcar diferencias. De pronto, el ser que sueño que sueña se aproxima a la mujer con quien hizo su vida. La toma de la mano. Sé entonces que él es él y que se llama Eduardo.

Pero aquí, en este sitio que es este u otro cualquiera, en este momento que no fue o que llegará nunca, en este espacio que no es nuestro porque no supimos hacerlo nuestro, en este grito que habla quedamente de una cita de amor o de muerte, en este desgarramiento de país roto y destruido y envilecido y postrado y forzado a galeras y asesinado, en este hecho ciego y mudo y sordo que ve y habla y oye siempre lo que no vale la pena, en esta interminable sucesión de sucesos que nos arrasan y que asumimos silbando un porro, en esta poca alma que nos queda, poco nervio, mínima estatura, en este hecho de ser cuadrúpedos y de sentirnos felices, como si no supiéramos, como si nos fuera indiferente, como si no nos diéramos cuenta de lo que aquí pasa, de lo que aquí acontece, en este territorio que nosotros hemos hecho de asesinatos sin respuesta, de torturas aceptadas, de desapariciones aplaudidas, de liderazgos imbéciles, de reverencias ante quienes sólo merecen bofetadas, somos aquellos seres quietos paralizados por el miedo, tentados por la banalidad, sojuzgados por la injusticia, mientras este ser que sueño que sueña se vuelve sobre sí mismo para hablar desde lo más profundo de sí mismo, habla de su familia y de sus nietos y de su hijo que vive en Europa y de su padre que fue un poeta de atildadas formas y de su trabajo, cuando era niño, en un manicomio, y de su peregrinaje, de su ir y venir incesante sin desviarse un milímetro, pero sobre todo habla de ese legado que iba a ser su hijo pero que no fue porque él, como todos, como nosotros, aquí mismo y hace tiempo y mañana, fue y es y será asesinado.

Sueño que Eduardo sueña a Eduardo. A José Eduardo. Lo sueña como el hombre que fue, lejano de los altares y de los endiosamientos. Como todos los hombres era profundamente solitario, pero estaba atado a la tierra y a la vida por una serie de fuertes lazos indestructibles, siempre actuantes, a veces contradictorios. Primero, el marxismo. Luego la subversión armada y desarmada. En todo momento las sucesivas crisis que dieron cuenta de su infatigable tarea de ser inmerso en nuestros asuntos y problemas. También la voracidad de los sucesos y de las decisiones. Y otros hechos: las formas sociales; el desconcierto; el escepticismo; la inconsciente búsqueda del sacrificio.

No sueño aquí, en esta página, urgidos de encontrar una señal de vida. Como nos matan cada día, como nos asesinan, estamos dispuestos a creer que la muerte es un código a través del cual nos es posible jugar nuestra partida. Reconstruimos entonces algunos de los asuntos que hicieron esa vida, nuestra vida. Ahí está la formación intelectual, la formación política, el compromiso con los miserables de la tierra, están las defensas penales, los alegatos ante la injusticia, la búsqueda de su verdad, la reconstrucción del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán (un delito de lesa humanidad imprescriptible), la campaña para identificar a los desaparecidos del Palacio de Justicia que terminará por señalar a los culpables, la intuición maravillada sobre las relaciones entre lo político, lo jurídico y lo científico, la oposición rotunda a la justicia sin rostro, la desvelada denuncia sobre la inversión de la carga de la prueba, el angustioso llamado en defensa del derecho penal y procesal penal, la poca convicción frente a los delitos políticos, las afirmaciones generosas y las negaciones precisas, el apasionado amor y las angustias, la voluntaria decisión de ser él mismo, la actitud revolucionaria, también la rebeldía, la sorpresa ante las traiciones de que fue objeto, las meditaciones sobre el entorno, sobre el compromiso, sobre el destino. Su destino. Pero todo esto es el vertiginoso decurso de una vida, el vaivén que nos margina, que termina por volverse indiferente.

Ahí estamos, en nuestro oficio de ser indiferentes. Vamos y volvemos asombrados, ocultos siempre por nuestra necesidad de sobrevivir, de no ser señalados. Hemos perdido la tensión de morir que es la que le da su exacta medida al compromiso de la vida. Él no. Él no tuvo miedo de decir verdad. No tuvo miedo de sufrir, en silencio, desilusiones y escepticismos. Él supo de sus vacíos y supo de sus carencias y supo también de sus posibilidades, de sus resurrecciones, de sus amarguras. Y precisamente por eso fue grande. Porque fue humano. Porque fue falible. Porque vivió sus amarguras. Ahí estuvieron ellas, enteras, absolutas. Supo quiénes fallaron, conoció las espaldas de muchos que sólo hubieran debido dar el rostro, fue víctima –nunca victimario–, tuvo una ética ajena al falso moralismo de la época, fue un ser de virtudes humanas y de virtudes ciudadanas, asumió sin temor su compromiso. Eso es: asumió sin temor su compromiso.

Aquí estamos, en este sueño que nos ata a la tierra con su angustiada mano de ceniza. Sorprendidos por la violencia de los acontecimientos que propiciamos cada día, indiferentes ante aquello que no tenga que ver directamente con nosotros, muertos, hemos comenzado a desligarnos de nuestro pasado, a darnos golpes de pecho, a arrepentirnos. Nos arrepentimos de nosotros mismos, de nuestros errores, de nuestras dudas, de nuestras crisis, de nuestras búsquedas, de nuestros caminos. Pero el hecho de que formemos parte de este sueño del hombre que sueña, nos indica que una luz nueva brilla en el horizonte. El paradigma está dado. Y es ahora cuando comienza la acción.

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José Alvear Restrepo

Nace en Medellín el 1 de julio de 1913 en el seno de una familia de profundas convicciones religiosas y bajo los parámetros de la ideología del partido conservador. Realiza sus estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Antioquia, donde se gradúa de Abogado con una brillante tesis titulada: "Conflictos del trabajo: la huelga"

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